martes, 25 de marzo de 2008

¡Peligro! ¡Primavera!

Casi llegaba la primavera, y aún me sorprendía cuando al volver la esquina de alguna céntrica calle me encontraba de frente con un rayito de Sol inesperado, cual despistado transeúnte. Y si este paseaba de la mano de una chispita de aroma de azahar, mi sensación pasaba de la sorpresa al desconcierto de encontrarse con un tímido conocido.

El peligro comienza cuando decides no pasar de largo. Tus pies ya han pasado, pero tu cabeza se vuelve, tu cuerpo se gira a medias y tu brazo se alarga en dirección a esa sensación, en un movimiento a mitad de camino entre un saludo y una búsqueda de contacto fisico.

Ahí, justo ahí... Cuando cierras los ojos para concentrarte en la tibia mano que acaricia tu cara, y abres hasta el último poro de tu piel... Cuando inspiras profundamente, y ese aroma inunda todas y cada una de las neuronas de tu cerebro...

Cuando en ese momento decido aceptar el riesgo y continuar en mi éxtasis, atravieso inmediatamente un umbral en el que las sensaciones me hipnotizan, y pierdo la voluntad. Una extraña fuerza me atrapa, y me lleva de nube en nube. Y entro ahí en una espiral de locura y pasión, de latido in crescendo, y mis ojos sonríen a la vida...

Pero todo esto no tiene sentido si tú no estas ahí para sentirlo conmigo. Porque mis pupilas no se han dilatado más que para captar hasta la última gota de luz que tu ojos reflejan. Porque mis sentidos al completo no tienen más ocupación que la de viajar desde el azahar que me regalas hasta la vainilla de tu cuello, desde la ropa que te cubría hasta el último centímetro cuadrado de tu piel y tus cabellos.

Sigue navegando conmigo. Aunque cada vez que regresemos a la costa, vuelvas a oír esas voces que te hablan de pisar tierra firme. Porque quizás no conocen la luz tan especial que refleja el mar en el que navegamos. Porque a tierra podemos regresar juntas cuando queramos.

Sol de Primavera, no dejes nunca de brillar como sólo tú sabes hacerlo.

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